Cabizbaja, encorvada, temerosa; atraviesa la puerta, busca las ollas, prende el fuego y manos a la obra.
Elisa es el espectro silencioso que invade tímidamente la cocina sin adueñarse de ella, sin interrumpir el ambiente inanimado que en aquel entonces impregnaba el espacio, la calle, las casas, las plazas. Ese hedor moribundo instalado por el terror legalizado, mecanicista, politizado y fríamente calculado.
Elisa sólo se atreve a observar el mesón en donde se vuelcan los ingredientes para una de las recetas más sanguinarias, crueles e injustas de la historia argentina, mientras se le eriza la piel y se le incendia la nuca ante la presencia de quien representa el papel del odio humanizado, echo hombre y mujer. La aturden los gritos, la rabia, la cólera de Nicole, la cocinera del terror. Es la patrona, la mujer sin escrúpulos, que se abalanza contra la vulnerabilidad de Elisa y ejecuta órdenes imperiosas, funestas, cínicas, gobernadas por la más siniestra irracionalidad.
La cacería humana e ideológica del proceso, no conforman una única arista reflejada en la escena; también los protagonistas y sus temperamentos plantean un paralelismo fiel a los actores de la realidad histórica pasada. Realidad que en la obra se muestra atemporal por la facilidad con la que los personajes se desvinculan de lo cronológico para ir y venir dentro del imaginario del lector/espectador. Son personajes que viven en el pasado estacionado, o en los vestigios del presente; desde el suelo argentino, o ubicados en cualquier otra parte del mundo.
La coexistencia de Nicole y de Elisa en escena significa la utilización de un doble lenguaje sobre el escenario: el del simbolismo del horror, minimizado y materializado en una sola personalidad (la de Nicole) y el de la víctima, Elisa, capaz de pagar su vida al precio de la agonía y la resignación ante los desplantes del monstruo. Un doble lenguaje aglutinado en la cocina y en las mórbidas recetas que Nicole dispara contra Elisa.
Las desapariciones, las torturas físicas y mentales, la apropiación ilegal de niños nacidos en cautiverio y todos los arrebatos producidos en nombre del orden y de los valores cristianos y occidentales, se funden en una misma cacerola, cocinando a fuego lento mensajes y reflexiones fuera de lo común. Mediante la vía del extrañamiento, la situación que se vive en escena intenta abrazar casi globalmente todas las sensaciones y experiencias de las condiciones más miserables de la vida humana. No sólo refleja un acontecimiento puntual, ubicado en tiempo y espacio definidos, sino que se otorga movimiento, rostro y voz a los estados anímicos más deplorables del ser humano.
Cocinando con Elisa, funciona como ejemplo vivo de la función mediadora del arte y del teatro; la obra se desprende de cualquier rasgo pedagogista y descriptivo, para ser capaz de producir significación a nivel simbólico y entablar una relación directa entre realidad histórica y espectador, sociedad y política, actualidad y memoria.
Este proyecto dramatúrgico nos incomoda. Nos genera una necesidad imperiosa de repudiar cualquier rastro calamitoso de las atrocidades patológicas acarreadas por el proceso militar. Pero a la vez, nos genera el inevitable intento de entender la importancia exacerbada de la memoria como principio vital en nuestra sociedad y el arte como recurso y vehículo que nos traslada hasta ella y nos transporta desde y hacia cualquier punto temporal, geográfico e ideológico de la historicidad.
