Dramaturgia y memoria en una misma cacerola: “Cocinando con Elisa”.

•marzo 25, 2008 • 1 comentario

 

Cabizbaja, encorvada, temerosa; atraviesa la puerta, busca las ollas, prende el fuego y manos a la obra.

Elisa es el espectro silencioso que invade tímidamente la cocina sin adueñarse de ella, sin interrumpir el ambiente inanimado que en aquel entonces impregnaba el espacio,  la calle, las casas, las plazas. Ese hedor moribundo instalado por el terror legalizado, mecanicista, politizado y fríamente calculado.

Elisa sólo se atreve a observar el mesón en donde se vuelcan los ingredientes para una de las recetas más sanguinarias, crueles e injustas de la historia argentina, mientras se le eriza la piel y se le incendia la nuca ante la presencia de quien representa el papel del odio humanizado, echo hombre y mujer. La aturden los gritos, la rabia, la cólera de Nicole, la cocinera del terror. Es la patrona, la mujer sin escrúpulos, que se abalanza contra la vulnerabilidad de Elisa y ejecuta órdenes imperiosas, funestas, cínicas, gobernadas por la más siniestra irracionalidad.

 

 

La cacería humana e ideológica del proceso, no conforman una única arista reflejada en la escena; también los protagonistas y sus temperamentos plantean un paralelismo fiel a los actores de la realidad histórica pasada. Realidad que en la obra se muestra atemporal por la facilidad con la que los personajes se desvinculan de lo cronológico para ir y venir dentro del imaginario del lector/espectador. Son personajes que viven en el pasado estacionado, o en los vestigios del presente; desde el suelo argentino, o ubicados en cualquier otra parte del mundo.

La coexistencia de Nicole y de Elisa en escena significa la utilización de un doble lenguaje sobre el escenario: el del simbolismo del horror, minimizado y materializado en una sola personalidad (la de Nicole) y el de la víctima, Elisa, capaz de pagar su vida al precio de la agonía y la resignación ante los desplantes del monstruo. Un doble lenguaje aglutinado en la cocina y en las mórbidas recetas que Nicole dispara contra Elisa.

 

Las desapariciones, las torturas físicas y mentales, la apropiación ilegal de niños nacidos en cautiverio y todos los arrebatos producidos en nombre del orden y de los valores cristianos y occidentales, se funden en una misma cacerola, cocinando a fuego lento mensajes y reflexiones fuera de lo común. Mediante la vía del extrañamiento, la situación que se vive en escena intenta abrazar casi globalmente todas las sensaciones y experiencias de las condiciones más miserables de la vida humana. No  sólo refleja un acontecimiento puntual, ubicado en tiempo y espacio definidos, sino que se otorga movimiento, rostro y voz a los estados anímicos más deplorables del ser humano.

Cocinando con Elisa, funciona como ejemplo vivo de la función mediadora del arte y del teatro; la obra se desprende de cualquier rasgo pedagogista y descriptivo, para ser capaz de producir significación a nivel simbólico y entablar una relación directa entre  realidad histórica y espectador, sociedad y política, actualidad y memoria.

Este proyecto dramatúrgico nos incomoda. Nos genera una necesidad imperiosa de repudiar cualquier rastro calamitoso de las atrocidades patológicas acarreadas por el proceso militar. Pero a la vez, nos genera el inevitable intento de entender la importancia exacerbada de la memoria como principio vital en nuestra sociedad y el arte como recurso y vehículo que nos traslada hasta ella y nos transporta desde y hacia cualquier punto temporal, geográfico e ideológico de la historicidad.

Sobre la infantilidad de Atilio.

•marzo 6, 2008 • 5 comentarios

Atilio confiaba en que  mamá le daría algunas monedas para la merienda  antes de irse a la escuela. Tendría unos centavos como para ir al parque de diversiones, ese que tanto miraban con Cata mientras caminaban hasta la parada del colectivo y se despedían anhelando  el día, el beso y las promesas de amor que llegarían no sé cuándo, ni cómo.

La cosa es que ese día, mamá no soltó ni un beso, ni un peso. Ni una mirada, ni una sonrisa de esa forzada que le agarraba temprano, bien prefabricada, puesta como acostumbrada la pobre, combinada con ese fanatismo que tenía por querer hacernos sentir tan bien y tan temprano. Y no le dio plata, pero le preparó una bolsita con manzanas y panes de manteca calentitos y un pupito de chocolate de los que soltaba de a poquito, casi a cuenta gotas.

Atilio nunca había lacerado  tan de cerca la desilusión. (Bueno, si, recuerdo esa noche, con la luna, y en el techo.) Ni una moneda le tiró.  Le dolía tanto;  ya pre-visualizaba la decepción de Cata, la cascada de sus lágrimas y sus ilusiones.

Entonces salió hacia la parada del bondi y subió nomás con destino al Ipem 121.

 

Cara rara tenía la vieja del lado, que lo miraba como deseándolo. Atilio estaba bueno, (bah, eso decían las del curso de arriba), pero no sé si tanto como para que esa vieja lo mire así, devorándolo a mordiscones en cada reojo. Atilio se hacía el gil, pero bien que le fichó las gambas. Y la vieja se dio cuenta, seguro.

Empezó a entreabrir las piernas a medida que el colectivo pegaba un salto (con eso de los baches, viste) y mostraba cada vez más su interior y los ojos se le abrían al unísono con las gambas como llamándolo urgente a  que le saque alguna papa o cosa  del horno.

Entonces Atilio, que no tenía ni  13 años puestos en el culo, empezó a asustarse. Pero ese susto que solo un crío a esa edad  siente, mezclado con adrenalina verde y amarilla y roja y negra ante las piernas entreabiertas chorreando los añejos caprichos de la vieja.

 

Y llegaba casi a la parada donde se bajaría y caminaría las 7 cuadras hasta el Ipem. Se sentía raro, no la extrañaba tanto a Cata ni sentía toda esa conmoción atropellada y ahogadiza que se siente minutos antes de verte. Se montó sobre el temblequeo de las rodillas y no sé cómo, llegó hasta el timbre con todo su imaginario duro. Erguido.

Tocó, bajó, cruzó la avenida.  Siguió derechito por la vereda acompasada y monódica  que lo llevaría hasta los brazos de Cata, que lo iba a entender y proteger sin que le importe la dureza que cargaba encima cuando le contara sobre la vieja, los años, las piernas y el horno.

 

Ni cuenta se dio que la vieja le comía los talones desde que  bajó del colectivo. Atilio paró en la siguiente esquina a esperar que los autos, las personas, los ruidos, los perros y los años, pasen por la calle con el semáforo en verde. En verde para ellos, en rojo de espera para él. Y ahí se acordó del perfume. Pensó que estaba loco, que la vieja le había echado alguna cosa bruja como para que él se asuste, como para que nunca más confíe en alguno de esos otros viejos armarios femeninos perfumados que la vida le regalaría y que él equiparía con todos su tesoros. 

Se dio vuelta como para anular cualquier hechizo imaginario.

Solo encontró la imagen preconstruida en su cabeza, ahí paradita, detrás de él, haciéndole cosquillas a su sombra, soplándole el aura sudorosa de la pubertad que emanaba Atilio desde las orejas.

Se miraron un segundo y ella bajó un poco su mentón como para encajar perfecta en la estatura del chico.

Le susurró algo de los ojos, le convidó un cigarrillo, le habló sobre su casa cerca de la plaza, le ofreció budín, le sopló el mechón que hacía piruetas en la frente.

Atilio, abstraído completamente de su cuerpo y de su edad, la siguió.

Llegaron a la plaza,  atravesaron la estampa enternecedora de la madre con su hijo, cruzaron la calle, sacó las llaves, abrió la puerta, prendió la luz y le sirvió budín.

Atilio se atragantó mientras la miraba arquearse sobre la mesada, moviéndose en automatizada consonancia con las mandíbulas del chico.

Entre arrebatado y colérico, se levantó de la silla, subió hasta la mesada y se trepó sobre los muslos calientes de ella.

Le acarició la blusa que hacía de piel por lo ajustada que estaba y le desabrochó hasta las ganas de vivir o de respirar.

Iban desde el desquicie hasta la ternura; se movían hacia atrás mientras  inspiraban, hacia delante mientras exhalaban.

 

 Y se acordó de Cata, de la maestra que tomaba lista, de la prueba de geografía y de su banco vacío. Pensó en el  anhelo del día, del beso y de la promesa de amor que no habían llegado y de la corriente que le erizaba la piel mientras la vieja gemía, sollozaba hasta aturdirlos.

Y la dureza se desvaneció casi por arte de magia cuando ella le desprendió el botón del pantalón, haciéndole estallar un sin fin de prejuicios perlados volcados sobre él mismo, esparcidos sobre los años de la vieja y sobre la infantilidad de Atilio.

 

Se montó sobre el temblequeo de las rodillas y no sé cómo, llegó hasta el timbre con todo su imaginario vacío, desaguado. 

Tocó, bajó, cruzó la avenida.  Siguió derechito por la vereda acompasada y monódica  que lo llevaría hasta los brazos de Cata, que lo iba a entender y proteger sin que le importe la dureza que cargaba encima cuando le contara sobre la vieja, los años, las piernas y el horno.

 

¡Hola, mundo!

•marzo 6, 2008 • 2 comentarios

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